

Nasrudin estaba caminando en un sendero desierto, no había nada ni delante ni atrás, ni a su derecha ni a su izquierda. Sólo había arena, sol, calor y desolación. Nasrudin pensó: sería tan bueno si yo pudiera encontrar una sombra para descansar y refrescarme un poco. Inmediatamente surgió en el margen del sendero un árbol magnífico, con muchas ramas y con una sombra enorme. Nasrudin se sentó allí, descansó y pensó: sería tan bueno si hubiera un poco de agua para calmar mi sed. Inmediatamente surgió una fuente con agua cristalina. Nasrudin bebió, calmando su sed. Y pensó: sería una maravilla si hubiera algo para comer y calmar mi hambre. Inmediatamente surgió un manzano lleno de manzanas maduras y apetecibles. Nasrudin comió, calmando su hambre. Y pensó: sería mejor aún si yo no tuviera que salir de aquí, si tuviera un lugar para vivir. Inmediatamente surgió la casa de sus sueños. Nasrudin entró y vio que tenía todo lo que alguna vea había deseado, cada rincón, cada detalle era absolutamente a su gusto. Nasrudin, más contento que nunca, pensó: sería ya el colmo de la felicidad que yo tuviera una compañera para vivir aquí conmigo. Inmediatamente surgió la mujer más bella, mucho más bella de lo que Nasrudin hubiera soñado. Tenía todo, interna y externamente. Esto ya fue demasiado. Nasrudin frotó sus ojos y pensó: no puede ser, ¡debo estar soñando! Inmediatamente se oyó un estruendo y desapareció la mujer, la casa, el manzano, la fuente, el árbol. Y nuevamente estaba Nasrudin en el sendero, caminando bajo el sol caliente, solo y con arena en todas las direcciones, el desierto delante, detrás, a su derecha, a su izquierda.